viernes, 4 de diciembre de 2009

adviento

DOMINGO I

El Señor Jesús nos habla de señales terribles, al final de los tiempos, pero también nos invita a levantar la cabeza porque se acerca nuestro liberador, el mismo Jesús de Nazaret, que viene con gran poder y gloria. Sea en la ocasión impresionante de ese final universal cuya hora sólo sabe el Padre Bueno, aunque muchos disparateros quieran aparecer como conocedores de la misma; sea en las pruebas cotidianas, los bautizados estamos llamados, con toda la humanidad, y la creación entera, a encontrarnos con Jesús, el rabino misericordioso, el profeta de la ternura de Dios, el Mesías de la humildad. En este encuentro personal hemos de experimentar la Verdad que nos hace libres. Para ser libres nos ha liberado Cristo, expresa Pablo de Tarso (Gal 5, 1).

Jesús nos quiere libres, con una libertad que se hace servicio. Jesús nos enseña a ser libres con su ejemplo: libre ante las presiones familiares, los prejuicios de los discípulos y el acoso de las autoridades religiosas y políticas; y al mismo tiempo, humilde servidor. Educar para la libertad implica ayudar a cada persona a descubrirse digno, bendecido por Dios con el gozo y la responsabilidad de tomar decisiones. En la familia y en la escuela hay especial responsabilidad, en esta cuestión, pero así mismo en la catequesis parroquial. Ayudar a cada uno a conocerse a sí mismo, a aceptarse, con sus luces y sombras; a negarse para dar lugar al otro; a cargar con la cruz de la dura realidad, de las limitaciones propias y ajenas, al mismo tiempo que nos esforzamos en crecer como personas, como cristianos, es apasionante y exigente tarea.

DOMINGO II

Este domingo celebramos el misterio de la joven judía concebida sin pecado original, sin mancha, que se reconoce a sí misma como sierva del Altísimo, que hace en ella obras grandes.Un mensajero de lo alto que trae la mejor noticia de la Historia: Dios ha enloquecido de amor y envía a su Hijo para que se haga carne, sangre, historia, como uno de nosotros. Gabriel habla a la joven judía de Nazaret, desposada con un carpintero llamado José: 'no temas', 'alégrate' y 'concebirás al Hijo del Altísimo por obra del Espíritu Santo'. María responde: 'He aquí la esclava del Señor'.

Las relaciones parentales (con padre y madre) son la clave de nuestra sicología. La fusión original con la madre es la base de la confianza, pero necesitamos la presencia del padre que nos abre a la alteridad, nos da ley y nos lanza el desafío de ser ''yo'' no fusionado con el “tú” materno. El padre es así imagen invertida de nuestra fragilidad: lo consideramos omnipotente y amenazador, lo amamos y lo odiamos, buscamos su protección y lo tememos. El mensajero del Padre Bueno nos llama a superar el temor, para realizarnos en el amor de hombres libres, si bien con espíritu de servicio. En el ejercicio de la libertad hemos de encontrar la alegría de sabernos capaces de tomar las riendas de nuestra vida en nuestras manos, sin cerrarnos a la voluntad amorosa del Padre que tiene corazón de madre, que nos da a conocer esos rasgos maternos en la ternura de la joven judía, elegida por él para ser madre de Jesús, y madre nuestra. Francisco de Asís ha dicho que cada bautizado, por acción del Espíritu Santo, está llamado a dar a luz al Hijo en las obras cotidianas. Haciendo la voluntad del Padre participamos de la maternidad de la Virgen María.

DOMINGO III

"El Profeta precursor recibe una pregunta: '¿Qué debemos hacer?' y responde con claridad y seguridad. Contesta: solidaridad. Al final de la tarde, dice S. Juan de la Cruz, místico español del siglo XVI, seremos examinados sobre el amor. Ese será el tema del juicio final, dice el Maestro nazareno. A los cobradores de impuestos, mal vistos ayer y hoy, les señala: 'no cobren más de lo establecido'. Una llamada a la justicia que debe llegar a nuestros oídos y corazones; debemos dar a cada uno lo que le corresponde, debemos exigir a cada uno según sus capacidades. Esto es aplicable en casa, en clase y en el comercio. A los soldados les expresa: 'no abusen de la gente, no hagan denuncias falsas, conténtense con su paga'. El poder tiende a abusar. Jesús lo ha dicho claramente: los grandes machacan a los pequeños y se hacen llamar bienhechores. Entre nosotros no debe ser así: el grande debe hacerse pequeño para servir a todos, especialmente a los pequeños y sufridos.

Criterios para la vida de cada día que nada tienen que ver con incienso o templo: esta es la religión que agrada al Señor. El mismo Jesús nos enseña a orar, va a la sinagoga y el templo, que purifica; pero nos recuerda que ir al templo no debe ser excusa para no atender al necesitado; echa en cara a las autoridades religiosas, llamándolos hipócritas, que se preocupan de colar un mosquito (detalles litúrgicos) pero se tragan un camello, olvidándose de purificar su corazón de la codicia y la soberbia, de practicar la justicia y la misericordia.

DOMINGO IV

Jesús, desde la Cruz, nos ha regalado a su madre. María de Nazaret es madre de Dios y madre nuestra. Los hermanos protestantes nos reclaman porque la adoramos. No la adoramos, pero sí la veneramos. Ella misma nos dice que es pequeña sierva pero que Dios ha hecho en ella obras grandes. En su vientre, de joven judía, la Palabra se hizo carne, sangre, historia, uno como nosotros, sometido a los vaivenes del deseo, la angustia y la muerte.

Esta joven judía, nos dice el evangelista, habiendo recibido la mejor noticia de la historia, no se regodea en haber sido elegida; se pone en camino, con prisa, a la región montañosa de Judá, donde vivía su prima Isabel, para ayudarla en sus meses de gestación, suponemos más difíciles para una madre anciana, por obra milagrosa del Padre bueno, porque para Dios nada hay imposible.

Las madres del Nazareno y su Precursor se encuentran: un momento especial en los 200.000 años de la Humanidad. El Precursor reconoce al Mesías y 'profetiza' saltando en el vientre de su madre. El Espíritu Santo, sombra del Altísimo que había cubierto a María para su concepción virginal, inunda el corazón de Isabel, que exclama: 'Bendita tú entre las mujeres y bendito tu hijo Jesús, fruto de tu vientre. Dichosa tú por haber creído'.

El Espíritu viene en ayuda de nuestra fragilidad (Rm 8, 26) y clama en nuestro corazón, 'Abba'. El Espíritu aleteó sobre la aguas, cubrió a María en su concepción milagrosa, ungió a Jesús, descendió sobre su madre y los apóstoles en Pentecostés, consagra a cada bautizado y transforma pan y vino en Cuerpo y Sangre del rabino nazareno. Todo el cosmos y toda la historia son pentecostales, acontecen bajo la acción del Soplo del Padre. Abramos nuestra existencia a su acción y vivamos así en caridad, alegría, paz, comprensión, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí (Gal 5, 22s)

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